Page 7 - El primer tutor de Bolívar
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[Arístides Rojas] EL PRIMER TUTOR DE BOLÍVAR

            Insoportable apareció desde su más tierna edad el niño Simón
          Bolívar. No podían con él ni la madre, ni el abuelo, ni los tíos, pues
          obedecía a sus instintos y caprichos, se burlaba de todo, haciendo
          todo lo contrario de cuanto se le aconsejaba. Inquieto, inconstante,
          voluntarioso, imperativo, audaz, poseía todas las fuerzas del muchacho
          a quien le han celebrado sus necedades, haciéndole aparecer como
          cosa nunca vista. Ni se le regañaba y menos se le castigaba por sus
          numerosas faltas; siendo inaguantable ante su propia familia y
          extraños. En tan triste situación pensó la madre del niño, cuando éste
          alcanzó la edad de seis años, que debía colocarlo bajo los cuidados de
          un director de carácter, de ilustración y de sanas ideas que pudiera
          salvarle a su hijo de una educación viciosa que sostenía un carácter
          indomable. Pensó doña Concepción en el tutor ad litem, el abogado
          Sanz, quien después de repetidas excusas aceptó al fin, llevándose al
          niño a su casa para que viviera como uno de sus hijos. Le pareció que
          complementaba de esta manera el encargo que le había conferido la
          Audiencia.

            Entre el pupilo y el tutor mediaban treinta años de edad, lo
          suficiente, al parecer, para que el viejo, que así llaman a los espíritus
          serios, tenaces en el cumplimiento del deber, pudiera imponerse a
          un niño de tan pocos años. Al instalarse Simón en la casa del tutor,
          de la cual hemos hablado, comenzó el padre Andújar, capuchino
          muy instruido de aquella época, a enseñar al niño los rudimentos de
          religión, moral e historia sagrada, que sabía mezclar con historietas
          graciosas que tenían por objeto llamar la atención del discípulo y de
          captarle la mejor voluntad. Pertenecían al tutor las advertencias, los
          consejos, los castigos y hasta las amenazas, pues Bolívar, niño, se reía
          de todo el mundo, a nadie obedecía, no aceptando sino los aplausos
          necios que provocaban algunas de sus muchachadas.


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