Page 6 - Bolívar según Cabrujas
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Colección
Herederos de Bolívar
bre de una larga melena, como cuenta Indalecio Liévano Aguirre, una melena
que le llegaba a la espalda y que después perdió, a partir de 1824, cuando
comenzó a ponerse un tanto calvo.
Ese hombre al que llamaban “el Zambo”, que usaba largo pelo y que se lo
ataba con una cinta, en una especie de cola de caballo, ese hombre que no se
bajaba de un caballo y que andaba tras la vida, tras un proyecto, fue el hom-
bre que de alguna manera convocó por última vez a este pueblo a una empre-
sa, a la empresa de la libertad, a la empresa de ser. He allí el último hombre
que nos ha convocado para que hagamos algo en la historia.
Ese hombre que me gustaría hoy presentar, tal como era, un poco mal
hablado, un poco hombre de groserías caraqueñas en su boca. Porque como
dicen algunos cronistas peruanos, la expresión favorita de este personaje
que tenemos en esa estatua, cuando estaba frente a una tribulación, o frente
a una bronca, decía: “la pinga”.
Ese hombre que lejos de parecerse a una figura protocolar, en la cual lo
ha envuelto la Academia de la Historia y la Sociedad Bolivariana, tal vez los
peores enemigos que este hombre ha tenido después de muerto, aún peores
que los mismos españoles.
Ese hombre gustaba de bailar vals y polca, gustaba de subirse a las mesas
en los banquetes. Protagonizó en Perú un pintoresco incidente, junto al ge-
neral Flores, cuando iba a dejar a su compatriota Flores al mando del Perú,
en Lima. Estaba reunida toda la oligarquía limeña, convocada a una fiesta de
baile, naturalmente.
Ninguna muchacha de la oligarquía limeña quería bailar con el general Flo-
res, porque les parecía venezolano y medio mestizo. ¿Qué hizo entonces este
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