Page 9 - Soy tu voz en el viento
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                   A mediados de 1986 recibí una llamada telefónica del Maestro, quien
               terminada la redacción del que sería su último poemario, Isla de azul y
               viento, me preguntaba si quería ser su prologuista. Aceptado por supuesto
               el honor, quiso saber si podía enviarme los originales de inmediato y en
               cuánto tiempo podría escribir el texto. “Quiero tu franca opinión, trata
               esos poemas como si fueran de un enemigo”, añadió, no sin instarme, acto
               seguido, a que le comunicara sin ambages mis primeras impresiones.
                   Recibido el libro dos días después me hallé, al comenzar su lectura, con
               un inesperado presente: el primer poema, “Alumbramiento de Paraguachoa”,
               extenso y estremecido canto sobre la génesis telúrica y humana de la isla de
               Margarita, me estaba dedicado. Conociendo como conocía al Maestro, estaba
               seguro de que no me perdonaría ningún intento de cohibirme, por virtud de
               un elemental sentimiento de gratitud, a la hora de cualquier probable seña-
               lamiento.
                   Con timidez derivada del inmenso respeto intelectual que le tenía,
               sin embargo, me atreví a hacerle el prólogo cuando tres días después me
               llamó de nuevo, esta vez para preguntarme si había leído los poemas y mi
               opinión sobre los mismos. Una observación, en particular, me era parti-
               cularmente cara, pero no sabía cómo decírsela sin temor a herirlo. Hasta
               que cuatro días después me vuelve a llamar para preguntarme si tenía
               alguna otra sugerencia y si avanzaba en el prólogo. Tal era su premura
               para entregar el libro a la imprenta.
                   Entonces me atreví a decirle que puesto que “Alumbramiento de Para-
               guachoa” me estaba dedicado y por ello no podía sino, amén de orgulloso,
               sentirme condueño del poema, me habría gustado, si era posible, ver la
               penúltima estrofa, en honor a la verdad histórica, corregida. En el original
               que tenía en mis manos los primeros versos de esa estrofa mencionan así
               el arribo de los caribes a la isla:

                           Arrogantes luchadores, los caribes
                           someten hombres, persiguiéndolos por bosques y pantanos.
                           Sus armas aguzadas, de veneno en la punta,
                           disparaban al grito: Ana karina rote.

                           (Solo el caribe es hombre); era un cielo de flechas,
                           de la playa hacia el bosque,
                           del bosque hacia la playa…


                   Como pude, le expresé al Maestro lo que sabía acerca de la expresión Ana
               karina rote, recogida por Gumilla en su obra El Orinoco ilustrado y defendido,
               escrita en la primera mitad del siglo XVIII durante su permanencia entre
               pueblos orinoquenses. Escribió el sacerdote jesuita:








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