Page 7 - Soy tu voz en el viento
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Prólogo
Nota seNtimeNtal Para acomPañar al maestro Prieto
I
Hace treinta años, en julio de 1982, en la Cumaná que viera nacer a
su amigo Andrés Eloy Blanco y también a José Antonio Ramos Sucre, me
fue conferido el honor de pronunciar unas palabras en homenaje a Luis
Beltrán Prieto Figueroa en el acto académico mediante el cual la Univer-
sidad de Oriente le confería al ilustre maestro el más alto de sus reconoci-
mientos, el doctorado Honoris Causa. Las concluí citando unos versos de
su libro Verba mínima (“Para vivir las cosas/ primero hay que soñarlas”)
no sin preguntarme cuántos, en la Venezuela de entonces, eran capaces
de penetrar en lo que esa breve estrofa, viniendo de quien venía, simbo-
lizara.
Cabe decir, que soñar las cosas significa también vivirlas plenamente
para hacerlas posibles.
No en vano citaba en aquella ocasión aquellos versos de aquel libro,
cuyo manuscrito había dejado en mis manos cierta mañana, seis años
atrás, el entonces para mí prestigioso educador y político pero igno-
rado oficiante de la poesía. Aunque él había publicado un poemario que
yo desconocía, Mural de mi ciudad (1975) y en las prensas de Editorial
Arte aguardaba otro, Del hombre al hombre (1977), la sorpresa inicial de
constatar que aquellos breves poemas, de lenguaje preciso y destellante,
revelaban no solo acercamiento audaz a la expresión poética, sino a sus
recursos sintácticos y semánticos, dio paso a una nota entusiasta que
escribí en un diario de Caracas bajo la sospecha de que esas tres compila-
ciones, que habrían de aparecer casi coetáneamente, no eran los primeros
intentos de escritura poética del Maestro Prieto, como lo llamaban todos.
La suposición vendría a ser confirmada recientemente por José Fran-
cisco Espinoza Prieto, quien me dio a conocer un cuaderno guardado
celosamente por doña Cecilia Oliveira de Prieto durante años, extraviado
en sucesivos allanamientos a su casa y reaparecido y encontrado casi
milagrosamente por su sobrino.
El mismo contiene poemas –en su mayor parte textos amorosos
pergeñados bajo la preceptiva parnasiana– que si bien no añaden agua
nueva a la obra del autor de Verba mínima (1978) nos sirven para percibir
las presencias genéticas de un cauce. Escribe LBPF en la nota preliminar
de Mural de mi ciudad:
Aun cuando cultivé desde adolescente la poesía, esta sirvió apenas para
el interior regocijo y para la comunicación con personas de mi intimidad.
Solo, ocasionalmente, publiqué versos. Además, entre nosotros, la poesía
se considera como un subproducto, un quehacer distante de la lucha. Su
reino se sitúa al margen del intrincado mundo donde se dilucidan las
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