Page 6 - Bolívar el delirio de América
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Colección
                                                            Herederos de Bolívar

          Si en la aurora de la historia de Occidente un hombre perfo-
       ró sus ojos para no contemplar lo insoportable, en la alborada de
       América otro hombre, inundado por la más arrasadora luz, todavía
       abre sus párpados para superponer a la claridad insoportable el
       transitorio vértigo de la voz de Colombia, el trajinar de los bata-
       llones, la miseria fisiológica y la muerte solitaria. Los pasos de esta
       última gesta  se  aprecian con justeza si  se  sabe  que cada  uno de
       ellos fue dado sobre el vacío, y en cierta manera contra y dentro
       de él. La penetración de esta mirada que verificaba exactamente el
       estado de las cabalgaduras y la metálica intendencia de la artillería
       y el secarse de la tinta en la sentencia de muerte se puede ahora
       juzgar sabiendo que al mismo tiempo veía en todos ellos el espacio
       que encierra la materia.

          El salón del dandy y el lomo de la bestia indómita y el gabinete del
       dictador y el lecho de amor y el de la agonía que con escrupuloso uti-
       litarismo citó para enfatizar proclamas no fueron entonces más que
       concreciones superpuestas al desierto de tal espacio. El hombre, o la
       muchedumbre de hombres que peregrinaron dentro de ese ámbito
       fueron asombrosas consolidaciones de una voluntad capaz de evocar
       y materializar cualquier forma contra el telón de fondo del vacío.

          La crónica rememora profundos desalientos del Libertador. No le
       fueron nunca impuestos por los hechos: sus adversarios lo sabían infi-
       nitamente más peligroso vencido que vencedor.

          Si se quejó de haber arado en el mar, aun habiendo surcado la his-
       toria con un tajo imborrable, fue porque la luz insoportable lo hizo
       consciente de la levedad de todo paso humano en los  piélagos de la
       eternidad. Porque sabía la nulidad de todos los gestos pudo asumirlos
       eficazmente. También, el que le encomienda el fantasma del tiempo

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