Page 4 - Bolívar el delirio de América
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Colección
                                                            Herederos de Bolívar

          n la erudita tarea de desarmar y volver a armar todos los aspectos
      Ede la vida de Bolívar siempre sobra una pieza. El análisis historio-
       gráfico ha calibrado el justo lugar que ocupan en ese mecanismo las
       semblanzas del dandy que lanza la moda de un sombrero en Europa, el
       militar que declara la Guerra a Muerte, el hacendista que reserva la ri-
       queza del subsuelo para la propiedad de la nación, el educador que se
       reconoce criatura de un utopista y el político que diseña el equilibrio
       de las fuerzas de un continente que a su vez servirá de contrapeso al
       mundo. Esa investigación no ha podido nunca integrar en la estructu-
       ra al visionario que escribe “Mi delirio sobre el Chimborazo”.

          Texto inflado de prosa romántica según unos, divertimento inexpli-
       cable para otros, el Delirio no cabe en ninguna de las casillas en que
       los especialistas han querido fragmentar a Bolívar. Pero justamente
       por esta irreductibilidad es la pieza que lo explica todo, el centro que
       coordina las misteriosas relaciones entre las partes.


          La vastedad americana, la multitud de los orígenes culturales del
       Mundo Nuevo podían, en efecto, asegurar la inevitabilidad de estra-
       tegas capaces de coronar la Campaña Admirable, de filósofos aptos
       para vislumbrar los grandes lineamientos del destino de un mundo y
       negociadores con habilidad para resolver a su favor la entrevista de
       Guayaquil. Lo que no se explica en modo alguno es que tantas y tan ex-
       cluyentes modalidades del ser concurrieran en la misma persona. La
       lectura del Delirio nos permite transponer, literalmente, los umbrales
       del abismo que separa y a la vez reúne tantos rostros diversos.

          Concisamente, el Delirio narra la anécdota de un hombre que as-
       ciende una cima hasta entonces no hallada por la planta humana, para
       depositar en ella la enseña de su causa política, su poder, su gloria.
       Toda montaña es, simbólicamente, punto de encuentro entre la verti-

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