Page 9 - Sábado que nunca llega
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sábado que nunca llega


              deliberada del escritor de su propia obra, se descubre el afán
              creativo que lidia con el idioma para darle forma a vivencias e
              ideas, y no como objeto de sí mismo, o lo que viene siendo casi la
              misma cosa, como medio obsesivo de autoanálisis.
                  Herrera es un escritor joven que no acepta ni predica
              los  sobajeados  mitos de  la juventud. En sus  cuentos  no hay
              sentimentalismos jipatos ni alardes exagerados de abnegación.
              Figura, en cambio, el joven de carne y hueso metido en
              una realidad banal, acosado por sensaciones indescifrables,
              inquietantes comezones sensuales, sentimientos ambiguos, y la
              presencia obligante de la memoria y de la facultad de pensar.
              Los protagonistas de estos pequeños y grandes dramas cotidianos
              que nos ofrece Earle Herrera, configuran, en su conjunto, al
              hombre común universal representado en su avatar juvenil.
              A través de ellos se capta el ajetreo de una inteligencia buida y
              madura urdiendo contenido y forma. Es esa misma inteligencia
              la que, al derrumbar engañifas e ilusiones, encuentra en el
              humor irónico un broquel contra las asechanzas que vienen
              desde afuera o que nacen en el centro mismo de la conciencia
              sicológica. Lo más grande y lo más trágico del hombre es que
              piensa (el «ergo sum» no pasa de ser un viejo acertijo de la
              historia de la filosofía); y el pensamiento más acertado bien
              pudiera ser el que le enseña al ser humano que, con toda su
              trágica grandeza, no debe tomarse a sí mismo demasiado en
              serio. Earle Herrera sabe burlarse de la vida; su burla tiene
              la intensa discreción de las cosas que existen porque tienen que
              existir.
                  No sería justo concluir esta introducción sin mencionar
              que Herrera dista mucho de ser un escritor que se escuda en
              la ironía y la lucidez para rehuir compromisos. La angustia
              social (y política) se palpa en muchos de estos cuentos. Pero esa
              angustia va acompañada de una reflexión serena y segura

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