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El odio al indio
ALVARO GARCÍA LINERA
Como una espesa niebla noc- quitarles el poder. rán con su sangre.
turna, el odio recorre vorazmente En el caso de Santa Cruz organi- En La Paz sospechan de sus em-
los barrios de las clases medias zan hordas motorizadas 4×4 con pleadas y no hablan cuando ellas
urbanas tradicionales de Bolivia. garrote en mano a escarmentar a traen la comida a la mesa. En el
Sus ojos rebalsan de ira. No gri- los indios, a quienes llaman “co- fondo les temen, pero también
tan, escupen; no reclaman, im- llas”, que viven en los barrios mar- las desprecian. Más tarde salen a
ponen. Sus cánticos no son de ginales y en los mercados. Cantan las calles a gritar, insultan a Evo
esperanza ni de hermandad, son consignas de que “hay que matar y, con él, a todos estos indios que
de desprecio y discriminación collas”, y si en el camino se les osaron construir democracia in-
contra los indios. Se montan en cruza alguna mujer de pollera la tercultural con igualdad. Cuando
sus motos, se suben a sus camio- golpean, amenazan y conminan son muchos, arrastran la Wipha-
netas, se agrupan en sus fraterni- a irse de su territorio. En Cocha- la, la bandera indígena, la escu-
dades carnavaleras y universida- bamba organizan convoyes para pen, la pisan la cortan, la que-
des privadas y salen a la caza de imponer su supremacía racial en man. Es una rabia visceral que se
indios alzados que se atrevieron a la zona sur, donde viven las cla- descarga sobre este símbolo de
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